Gianni Infantino pone sobre la mesa 40 millones de dólares para las 211 federaciones miembro de la FIFA, con una sola condición: que apoyen un polémico plan para vender participaciones del Mundial y de otros torneos a inversores privados. En el centro del proyecto está una nueva filial, Fifa Forward Enterprise, que podría captar hasta 10.000 millones de dólares en capital. Las federaciones tienen hasta el 19 de septiembre para adherirse, y las que lo hagan recibirán el primer pago de 20 millones ya en enero.

No todos están convencidos. La UEFA, el organismo rector del fútbol europeo, ha respondido con dureza y afirma que "la FIFA no puede seguir usando nuestro deporte para enriquecerse a sí misma y a sus amigos". Inglaterra y Alemania han criticado el proceso por su falta de transparencia. Sin embargo, la reacción dista mucho de ser unánime. David Trunda, presidente de la federación checa de fútbol, ve una ventaja pragmática. El dinero manda. Infantino, por su parte, insiste en que la propuesta es simplemente "una oferta, no una obligación". El presidente de LaLiga, la primera división española, la interpreta de forma muy distinta y le acusa de comprar votos. Esa supuesta oportunidad de oro, sostiene, socava los cimientos mismos de cómo se ha gestionado siempre el fútbol. La partida ha comenzado. Y lo que está en juego es nada menos que el futuro del fútbol.
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