El contrato de 55 millones de dólares por año de Max Verstappen quizás no valga ni el papel en el que está escrito: el arranque desastroso de la temporada activó las cláusulas de salida escondidas en su acuerdo y le dio al tetracampeón del mundo una puerta de escape de Red Bull. Su fastidio ya no se disimula: después de quedar afuera de la pista dos veces, primero en Silverstone y luego en el Red Bull Ring, por fallas en el alerón trasero, no se guardó nada y calificó al auto que tiene debajo como "súper peligroso". Puertas adentro la tensión está al rojo vivo: nombres pesados como Adrian Newey y Jonathan Wheatley ya se fueron y el campeón se niega a dar siquiera una promesa verbal de que seguirá más allá de 2026. El motor de Red Bull sigue siendo considerado el mejor de la grilla, pero Verstappen se la tomó con la nueva unidad y la tildó de "anti-carreras". Entonces, ¿adónde iría? Mercedes está cerrado, con el asiento de Kimi Antonelli asegurado, y Aston Martin sigue siendo una opción lejana, así que McLaren es la única alternativa realista; y aunque su jefe, Zak Brown, asegura que sus pilotos tienen "su nombre grabado en el asiento de carrera", las charlas en voz baja continúan. La lealtad se está resquebrajando y, con una fecha límite decisiva en octubre cada vez más cerca, el imperio de Red Bull empieza a desmoronarse desde adentro.

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