La Sentencia De Pelé

En la historia del fútbol pocas veces una comparación encendió tanta pasión como la que prendió una sola frase. "¿Cómo se puede comparar a alguien que juega bien de cabeza, que pega con la zurda y con la derecha, con uno que patea con una sola pierna, tiene una sola virtud y en el juego aéreo es nulo?", disparó Pelé. Con esas palabras puso en duda la superioridad de Lionel Messi y se quedó con Diego Maradona como el mejor de la historia.

Claro que la valoración es subjetiva. En la cuenta de Messi hay un montón de récords, títulos y premios individuales. El argumento de Pelé apuntaba a otra cosa: la variedad del arsenal futbolístico de Diego. A Michel Platini se le atribuye una frase que lo pinta de cuerpo entero: lo que Zinedine Zidane hacía con la pelota, Maradona lo podía repetir con una naranja.

El propio Messi siempre se mantuvo humilde en este debate: "Aunque juegue un millón de años, no voy a llegar ni cerca de Maradona." La discusión, seguramente, no termine nunca. Pero una parte de la respuesta la guarda un tiempo y un lugar muy concretos en la historia del fútbol: México, el verano de 1986, cuando un solo hombre convirtió todo un Mundial en su propio escenario.

El Verano De México

Para un Maradona de 25 años, el Mundial de México fue el pico absoluto de su carrera. En el torneo metió cinco goles y dio cinco asistencias. De los catorce goles de Argentina, diez salieron directamente de sus pies —convertidos o generados—, el 71 por ciento de la producción del equipo. Hasta el día de hoy, es el único jugador que registró cinco goles y cinco asistencias en un mismo Mundial.

Contra Corea del Sur, Diego fabricó las tres jugadas de gol. Frente a Italia domó una pelota altísima, imposible, y clavó uno de sus mejores goles. Pero el gran drama esperaba en los cuartos de final, ante Inglaterra.

Dos goles en cuatro minutos. La historia los guardó por separado. A los 51, Maradona empujó la pelota a la red con la mano: ese episodio entró en la memoria del fútbol como "La Mano de Dios." Cuatro minutos después la agarró en su propia mitad de cancha, dejó en el camino a cinco ingleses y al arquero Peter Shilton, y convirtió el gol que la FIFA bautizó en 2002 como "El Gol del Siglo." El diario francés L'Équipe lo definió con justeza: "mitad ángel, mitad demonio."

En la final, contra Alemania Occidental, Lothar Matthäus lo siguió como una sombra los noventa minutos. Y aun así, a los 84, Maradona encontró el espacio y metió el pase decisivo, el del campeonato, para Jorge Burruchaga. Argentina se consagró campeón del mundo.

Los Años Napolitanos

Dos años antes de México, Diego se fue a Italia. En 1984 pasó al Napoli por seis millones novecientas mil libras esterlinas, récord mundial para la época. En el fútbol italiano mandaban los clubes ricos del norte, y Nápoles estaba en el fondo de esa pirámide. La ciudad recibió al argentino como a un salvador.

El resultado fue histórico. Maradona le dio al club dos Scudetti (1986-87 y 1989-90) y una Copa UEFA. Su cara apareció pintada en las paredes de la ciudad, a los recién nacidos les ponían su nombre y, para cargar a los grandes del norte, hasta se armaban "funerales" simbólicos en las calles.

Pero ahí mismo apareció la primera grieta de la caída. La adicción a la cocaína, que ya había arrancado en Barcelona, en Nápoles se transformó en una crisis a gran escala y en un vínculo con la mafia. El saldo fue durísimo: quince meses de suspensión que pusieron punto final a su etapa italiana.

Más Allá De La Cancha

La vida de Maradona siempre se salió de las líneas de la cancha. Fue abiertamente de izquierda, se hizo amigo de Fidel Castro y de Hugo Chávez, y llevaba tatuado al Che Guevara en el cuerpo. La política nunca fue una pose: era parte de su identidad.

Su historia en la Selección terminó de manera trágica. En el Mundial de 1994, el control antidóping detectó efedrina en su organismo y por eso lo echaron del torneo. Fue su último Mundial: un final que no estaba a la altura de su carrera.

Y sin embargo, para los argentinos su figura nunca se achicó. En un país que se bancó una dictadura militar y la desilusión social, Diego siguió siendo el símbolo de una dignidad recuperada. Sus debilidades quedaban a la vista de todos, pero ahí estaba justamente el puente entre el hombre común y el mito: era alguien en quien millones se reconocían a sí mismos.

De Villa Fiorito Al Estadio Que Lleva Su Nombre

La historia de Maradona empezó en un barrio pobre de Buenos Aires, en Villa Fiorito. De ahí al mito global, el camino lo hizo solo con la pelota, con la gambeta del potrero. Diego dijo una vez: "Me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha."

Esas palabras son la llave de su legado. Una vida en la que el triunfo y la crisis se turnaban dejó una cosa intacta: lo que Diego hacía con la pelota quedó sin comparación en la historia del fútbol. La FIFA lo nombró el jugador del siglo XX (un título que compartió con Pelé).

El estadio del Napoli hoy lleva su nombre: Stadio Diego Armando Maradona. No es apenas un gesto de respeto; es el reconocimiento del lazo que nació entre un hombre y una ciudad, entre el talento y la gente. Cuarenta años después, aquel verano de México sigue siendo la gran vara, y Diego Armando Maradona, esa figura rara del fútbol a la que generaciones enteras comparan con un dios.